sábado, 11 de abril de 2009

Día 2

El viernes también nos recibió con sol. Nos levantamos un poquito más tarde de lo previsto, igual de escasos de fuerza que el día anterior, nos duchamos y nos fuimos a alquilar un coche. Al llegar nos encontramos con que, a pesar de que Melek había hecho la reserva la noche anterior por Internet, no tenían el vehículo que queríamos (el más barato, por supuesto, un Toyota Nosequé) porque no habían visto la reserva. Pero antes de que se nos cayera el alma a los pies el tipo de la tienda nos ofreció la posibilidad inmediatamente superior, un Hyundai Nosecuanto, por el mismo precio. Así que guay. Ana (¡valiente!) se sentó al volante y tiramos rumbo a nuestro objetivo: Novi Pazar, al sur, la única zona musulmana que queda en Serbia tras la separación de Kosovo (por cierto, sólo reconocida por una veintena de países, entre los que no se cuenta España, pero sí Yanquilandia). Unos doscientos y pico quilómetros, pero nos habían dicho que se tardaban como cinco horas en hacerlos. No nos lo creímos al ver la autovía, bastante buena. Pero, ciento y pico quilómetros después, ésta se acabó y nos metimos en una carretera nacional con tramos mejores y peores (como las de España no hace muchos años; no sé cómo están ahora), pero con la particularidad de que parecía alargarse como chicle: era imposible que a la velocidad que íbamos avanzáramos tan despacio, pero las leyes de la física deben de haber quedado abolidas en el sur de Serbia.

Primera parada: pipí. En un bar de carretera. En la terraza, cubierta por una especie de porche, cinco o seis hombres, incluido el camarero, fuman y beben algún tipo de aguardiente. Pedimos cocacola, a ver si nos da un poco de energía. No está muy fría, porque hace ya rato que se les ha ido la luz. Quizás en todo el pueblito. El baño, estilo turco: un agujero en el suelo, como los que se veían en España hace unos años. El camarero nos tima: no nos cobra tanto como en Belgrado, pero estamos seguros de que sí mucho más de lo que cuestan esas cosas allí. Además, tres refrescos no pueden costar doscientos dinares. Si las matemáticas que dejé en segundo de B.U.P. no han evolucionado, doscientos entre tres no da un número aceptable como precio de lo que sea en un bar.

Seguimos nuestro camino por zonas rurales. Flanquean la carretera pueblitos, sembrados, hileras de casas, praderas, fábricas desconchadas y preciosos cementerios de coches. Yo por mí habría parado cada dos por tres a hacer fotos. Pero así no habríamos llegado nunca.

Siguiente parada: hace hambre. Nos metemos en la población de Raška, nos perdemos un poco por sus calles estrechas por las que, entre los coches aparcados a ambos lados, apenas cabe el nuestro. En una panadería compramos burek: una especie de hojaldre relleno de champiñones (uno) y queso (otro) y frito requetefrito. Tiramos para delante un poquito más, mientras la bolsa que sujeto despide un calor y un olor que me inmediatamente me hace pensar en los churros o las porras. Cuando por fin encontramos la carretera que nos interesa, aparcamos en un camino de tierra y, sentados bajo la marquesina de una parada de autobús, nos zampamos los bureks. Dice Melek que eso es lo que suelen desayunar los serbios. No me extraña que sean tan grandes. Entre los tres, y a pesar de no haber desayunado, a duras penas damos cuenta de dos de esas masas. La verdad es que están buenas, pero son demasiado grasientas, chorrean aceite. Como de costumbre, acabo comiendo yo más que nadie.

Al final las previsiones se cumplen e incluso se rebasan: tardamos como seis horas en llegar a Novi Pazar. La pobre Ana debe de estar agotada. Encontramos una calle ancha, con un colegio a un lado y una universidad al otro, y aparcamos allí mismo. Vamos a dar una vuelta. El ambiente de la ciudad recuerda mucho a Turquía: la piel atezada y los rasgos de gran parte de la gente, las mujeres de pañuelo en la cabeza, las mezquitas y sus minaretes en forma de cohete desde cuyos altavoces brota la voz metalizada del muecín cantando en árabe, tiendas de libros y artículos religiosos musulmanes, tiendecitas de frutos secos a granel... Ya no queda mucha luz, pero hacemos algunas fotillos. Al pasar por delante de un cine, un grupo de críos (¿trece años?) nos dice algo. No les entiendo, no sé si, al ver mi cámara, me estaban pidiendo que les hiciera una foto, pero al final la “conversación” lleva a eso. Saco una, vienen más niños corriendo, saco otra, vienen más, por fin saco una más. Luego consigo hacerme entender por uno de los chavales para que me dé su e-mail. Tengo que acordarme de mandarle la foto, está bastante bien, a pesar de que no tenía puesto el objetivo que me habría hecho falta.

Estaba yo haciendo una foto de un cobertizo de cemento con una pintada de “Alla huekber” (“Dios es grande”, creo, en árabe, aunque nunca lo había visto con esa ortografía) tras una valla con un cartelito de “No tocar, peligro de muerte” en serbio, cuando, cruzando la calle en nuestra dirección, apareció un tipo de cincuenta y bastantes, calvo, de barba blanca y fuerte como un toro, empujando un carrito (de esos que hoy en día ya sólo usan las niñas para jugar a las muñecas, o seguro que ya ni eso) en el que iba un niño pálido como la muerte y de ojos enormes y abiertísimos, un tanto siniestro. El tipo, sin más ni más, nos preguntó de dónde éramos y si hablábamos francés o alemán, porque “su inglés era muy malo” (cosa que no era cierta, bastaba y sobraba para comunicarnos). Creo que preguntó también qué fotos estaba haciendo. Entablamos conversación. Dijo ser albanokosovar y llamarse Skender (un nombre muy albanés, pero le sorprendió que —gracias a mi traducción— lo conociera: fue un héroe de la resistencia contra los turcos en el siglo XV o por ahí). Dijo que hablaba francés, alemán, ruso, serbio, albanés y no sé cuántas lenguas más. Incluso soltó unas cuantas frases en español (“ven a comer conmigo”) y polaco (“¿tienes dinero? ¿tienes tabaco?”). Indagó acerca de nuestra procedencia, de nuestras profesiones, de nuestra edad y del motivo de nuestra visita. Melek no las tenía todas consigo, porque en general los de Belgrado (donde ella vive) no caen bien fuera y, además, precisamente por el mismo motivo que los serbios aplauden a España, los kosovares la detestan. Me dijo: “si yo tuviera tu edad, me la llevaría”, refiriéndose no recuerdo si a Melek o a Ana. Y lo repitió un par de veces. Parecía majo, aunque su sentido del humor no acababa de convencernos. Queríamos irnos ya a buscar cuarto de baño, cena y alojamiento, cuando se nos ocurrió preguntarle por esto último, a lo que nos respondió: “podéis quedaros en mi casa”. Nos quedamos ojopláticos. ¿Seguro? Seguro. Pero te pagamos algo. Ni hablar. No queremos molestar. No molestáis, vivo solo, no tengo mujer. Mientras tanto, ¡de verdad!, el niño del carrito nos miraba fijamente y decía que no con el dedo, como si quisiera disuadirnos de la idea. Total, que nos quedamos con el teléfono del tío para llamarlo después de cenar. Nos fuimos en busca de algún bar donde llenar el buche, bromeando por el camino acerca de la fama que tienen los albanokosovares como traficantes de órganos. Poco a poco fuimos quedándonos callados. No sabíamos qué hacer. Probablemente el tipo tuviera las mejores intenciones del mundo, pero realmente era un poco raro… la circunstancia, el hecho de que hubiera venido directo a nosotros, el exceso de amabilidad por una parte y el punzante sentido del humor por otro… Durante cosa de media hora planeó sobre nosotros una sombra. Yo creo que todos íbamos imaginándonos lo mismo: el tipo nos llevaba a su casa y nunca más se sabía de nosotros… Teniendo en cuenta que nadie sabía que estábamos allí, no había posibilidad de rescate… Sí, puede sonar ridículo, pero los tres, de forma independiente, sentimos lo mismo. Quizá sea injusto (me imagino lo que pensaría yo si, después de ofrecer mi hospitalidad a alguien, me entero de que éste la rechaza porque me toma por traficante de órganos… ¡qué horror!), pero a los tres nos dio mal rollo.

Entramos en varios bares a ver si nos daban de cenar, pero casi todos cerraban a las 8 y, aunque aún faltaba más de media hora, ya casi no les quedaba comida o, en cualquier caso, nada que nos interesara. Encima nos estábamos meando (que no es lo mismo que “nos estábamos meando encima”). Por el camino encontramos una tentadora tienda de frutos secos, compramos pistachos (pero no estaban tan buenos como en Turquía) y unas almendras deliciosas. El tendero, de rasgos y vestimenta y sonrisa turquísimos, salió de la tienda para indicarnos cómo llegar hasta el sitio donde, según él, daban los mejores ćevapi (carne picada amasada en forma de salchicha) del pueblo (me cuesta llamarlo ciudad, aunque por tamaño lo es). A pesar de las explicaciones del hombre nos perdemos. Ya es de noche. Dando vueltas, paramos delante de la terraza de un bar y preguntamos si alguien conoce el sitio ése. No recordamos bien el nombre, pero nos entienden y nos dicen cómo llegar; eso sí, con explicaciones tan enrevesadas (al menos para nosotros) como las del pistachero. Preguntamos también por algún sitio donde dormir. Un hombre cincuentón, alto y delgado, de rasgos turcos, se levanta de la mesa y, casi cogiéndonos de la mano, nos lleva hasta una plaza donde, oculto tras unos árboles, se encuentra el “restaurante” que buscábamos. Nos deja allí y nos dice que volvamos más tarde a buscarlo para tratar la cuestión del alojamiento. Este señor, a diferencia de Skender, es silencioso y no habla ninguna lengua extranjera. Pero parece majo. Decidimos que, si encontramos hotel, las chicas dormirán allí, pero antes me acompañarán a casa de Skender y yo me quedaré con él, porque quier ver cómo vive. En el restaurante pedimos sendas porciones de ćevapi. Bueno, en realidad son medias porciones: sólo cinco por cabeza. Están buenííííísimos. Nos dan pan para meterlos dentro y nos traen un platito con cebolla y guindillas (que, por supuesto, me como yo solo) y otro con mayonesa y quéchup que en realidad no son necesarios, porque la carne está jugosa y sabrosa. Y yogur para beber mientras tanto (a pesar de ser de vasito, industrial, también está súper rico). Me gusta tanto la comida que pido otra media porción, otros cinco ćevapi. Ya no por hambre, sino por pura gula. En estas estamos cuando aparece nuestro ángel de la guarda. Lo invitamos a sentarse con nosotros. Espera en silencio a que yo termine de comer. Pagamos una cantidad irrisoria de dinero y salimos en busca de alojamiento. Ibrahim, que así se llama nuestro guía, nos lleva —atravesando las callejas oscuras de un mercado ya cerrado— hasta un hotel donde la habitación triple, según él, cuesta sólo 20 ó 30 euros, pero al llegar resulta que se está celebrando una boda y no queda nada libre. La verdad es que no nos hubiera importado quedarnos un rato en la boda: la sala de abajo llena de gente, un grupo (batería, teclado, acordeón y un señor panzudo y probablemente bigotón con chaleco rojo de lentejuelas) tocando (bastante bien, por cierto) música turca, la gente bailando, un montón de señoras peripuestas y requetemaquilladas a la entrada, cargadas de tartas de tamaño familiar… Pero tenemos que seguir buscando alojamiento. Le decimos a Ibrahim que no se preocupe, que no se moleste, que ya nos buscaremos la vida, a lo que él se ofende: esta noche encontramos alojamiento o dormís en mi casa; además, vosotros sois de fuera y aquí hay mala gente y muchos drogadictos. Se identifica con nosotros porque antes trabajaba de camionero y viajaba por toda Europa, y Egipto, y Jordania, y sabe lo que es ser forastero. Nos lleva a otro hotel (que, según el letrero, se escribe “Cannes” o “Kan”) que está cerca de donde hemos cenado. Habla con el recepcionista. Sí, hay triples por 30 euros. Yo ya veo que mi plan de dormir en casa de Skender se ha esfumado. Subimos todos a ver la habitación. Nos vale. Ibrahim sonríe. Todavía falta dejar el coche en un lugar seguro, así que bajamos otra vez. El “lugar seguro” es cincuenta metros antes de donde lo hemos dejado: en la acera, entre unos pilones, delante mismo de la universidad, vigilado por un “camarada” de Ibrahim que está de guardia esa noche. Por fin Ibrahim se deja invitar a un café. Nos sentamos en una terraza. La calle está llena de animación, la gente va y viene, hay muchos bares abiertos y se oye el chundachunda de una discoteca. Es curioso, porque nadie habla, pero eso sólo parece incomodarnos a nosotros, Ibrahim está tan tranquilo. Melek se va a llamar al tal Skender (aunque quiera quitarnos los riñones, habrá que avisarle de que no vamos) y yo, mientras tanto, intento chapurrear el serbio para hablar con Ibrahim. Entiendo (aunque igual me lo invento), que sigue trabajando de camionero, pero ahora no viaja: si interpreto bien, lleva el camión de la basura. Por eso se levanta todos los días a las seis. Melek vuelve y nos retiramos. Ibrahim nos acompaña otra vez hasta el hotel y promete encargarse de nosotros mañana por la mañana. Durante el camino, Skender llama varias veces, pero no cogemos. Probablemente quiera insistir para que vayamos porque ya habría prometido nuestros riñones a la mafia. Bromas aparte, por un momento se apodera de nosotros la idea de que, si nos pasara cualquier cosa, no habría quien nos encontrara, porque nadie sabía exactamente dónde estábamos… Ya en la habitación la luz no quiere encenderse, luego vemos que de la pared, junto a la litera donde van a dormir las chicas, cuelgan cables, y la ducha (una alcachofa que sale de la pared y un agujero en el centro del suelo del minibaño, sin plato ni nada), aunque no parece sucia, tampoco parece limpia, y decidimos quedarnos guarros un día más. Yo leo un ratito (placer que estoy redescubriendo, después de años casi sin tiempo para leer; bueno, tampoco es que ahora tenga mucho…) y apagamos la luz. La cama es incomodísima (de hecho no hay ni colchón…), pero estoy tan cansado que duermo como un lirón.

3 comentarios:

melek dijo...

Bromas aparte, Skender ha seguido llamando cada día hasta hace poco :(

Alfonso dijo...

Qué fooort! Bueno, igual es que está preocupado por nosotros... como no damos señales de vida...

KaZe dijo...

JUJUJU... lo que os faltaba...